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AMÉRICA LATINA POST COVID

 La pandemia ha desnudado un mundo global con características más complejas que las conocidas desde la Segunda Guerra Mundial. En ese crucigrama geopolítico, América Latina sufre una de las mayores condiciones de desigualdad social e informalidad laboral de las últimas décadas y con consecuencias económicas más agudas que la crisis de los 80. Los índices muestran números alarmantes de una pobreza desbordada y una tasa de crecimiento poblacional en aumento. De acuerdo a la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) la pobreza extrema podría llegar a casi 84 millones de personas. La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación (FAO) también advierte sobre las dificultades para acceder a alimentos teniendo en cuenta que en el período 2018-2019 ya existían en la región aproximadamente 53,7 millones de personas en inseguridad alimentaria. La gran tarea a futuro será evitar que la crisis sanitaria se transforme en una de alcance alimentario.

Ante este escenario sensible que se plantea en medio de una lenta recuperación económica, parecería necesario alentar un consenso latinoamericano para disminuir los efectos de un cuadro regional de vulnerabilidad altamente preocupante. Los países latinoamericanos no se encuentran en condiciones de ganar esta batalla de manera aislada y por sí solos. Sin embargo, no existen, por el momento, señales de conciencia regional para encarar juntos la emergencia post pandemia. En general, los gobiernos de la región han reaccionado individualmente y sin ninguna coordinación. La diplomacia regional ha brillado por su ausencia. Los mecanismos de integración y cooperación se encuentran en el momento de mayor descrédito de su historia. La Organización de Estados Americanos ha prácticamente desaparecido en el cumplimiento de las funciones que le corresponden para contribuir a lograr los Objetivos de Desarrollo Sostenible del Milenio. La Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) parece paralizada para encontrar parámetros comunes e implementar agendas de cooperación.

La gobernanza regional se encuentra en suspenso y el regionalismo sudamericano parece desenvolverse en un marco de tensión político ideológico. Estos factores, entre otros, disminuyen considerablemente la capacidad de América Latina y el Caribe de tener una plataforma multilateral común para negociar y reforzar la autonomía frente a actores externos cada día más incisivos. Una situación que contrasta con los intentos de principio de siglo de armonizar políticas específicas e incluso visiones multilaterales comunes de política exterior. El caso de las políticas regionales sanitarias fue paradigmático en particular en el ámbito del Mercosur. Sin embargo, frente a la crisis del Covid-19, la mayoría de los objetivos estratégicos e incluso geopolíticos de América Latina han dejado de definirse en términos regionales.

Probablemente, uno de los principales desafíos que evidencian la crisis de salud pública mundial, consista en restablecer el regionalismo. América Latina debería tomar nota y reaccionar en consecuencia. Un paso sería contribuir a disminuir la fragmentación de una América Latina heterogénea. Otro, recomponer la integración. La cooperación regional puede aún recuperar vitalidad si existiera voluntad política. Sería deseable que las fuerzas políticas latinoamericanas compartieran una vocación común para relanzar la cooperación diplomática regional para enfrentar las múltiples consecuencias y oportunidades del mundo post pandemia.

El Secretario General de las Naciones Unidas ha felicitado recientemente a la Unión Africana (UA) por el esfuerzo coordinado entre los 55 miembros para enfrentar el Covid-19 y su impacto socio económico. Si la UA, en su compleja diversidad geográfica, está logrando una gobernanza regional razonablemente eficiente es realmente decepcionante que América Latina y el Caribe sigan el camino diplomático opuesto.