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El futuro de las democracias: Entre la pandemia y la globalización

El inicio del nuevo año enfrenta al mundo ante la que probablemente sea la peor crisis desde la Segunda Guerra Mundial. La crisis sanitaria provocada por la pandemia del Covid-19 y las diversas estrategias utilizadas por los gobiernos   para controlar su expansión, están profundizando -especialmente en AL, atravesada por sus crónicos desajustes económicos y limitados progresos en sus indicadores sociales- los niveles de pobreza producidos por la actual retracción de sus economías y el consecuente incremento en los niveles de desempleo y pobreza.

Los abordajes utilizados por los gobiernos han estado primariamente orientados a controlar los aspectos médicos y el impacto sobre la salud del conjunto de sus ciudadanos que, hay que aclarar, no ha sido igual para todos. La pandemia distribuye su impacto a nivel mundial de manera absolutamente inequitativa, y no solo por su incidencia sobre las llamadas poblaciones de riesgo etario o con enfermedades crónicas, sino de manera obscena sobre la población con mayor vulnerabilidad social.

Según la FAO, hay alrededor de 800 millones de personas con hambre en el mundo y calcula un 50% con ingresos de US$5 diarios mientras 40% de los habitantes del planeta no tienen acceso a agua potable. Esa es la población que aporta la mayor cantidad de personas sobre los más de 2 millones de muertes causadas por el coronavirus hasta el momento.

Si algo ha demostrado esta pandemia es que más allá del avance tecnológico actual y del hecho de estar atravesando la tercera revolución industrial, el mundo no estaba preparado para enfrentar fenómenos que, por sus características, parecen requerir ser abordados desde una lógica diferente. Y esto aplica no solo a esta pandemia, sino también a las que probablemente formarán parte de las amenazas del futuro como el riesgo climático o los movimientos humanos masivos.

Vivimos en un mundo globalizado de difícil retorno y, sin embargo, no estamos aún generando las condiciones económicas, políticas e institucionales para beneficiar globalmente a sus habitantes como parte de este mundo compartido.

Ciertamente, el mundo está desconcertado. No solo la ciencia no tiene una respuesta certera para erradicar la pandemia, sino que la organización social, política y económica de muchas de las sociedades que conforman el sistema mundo, atraviesan situaciones críticas que se superponen en un complejo entramado de incertidumbres que se potencian entre sí.

La incertidumbre, ese sentimiento que el psicoanálisis describe como origen de un sin número de patologías que pueden desestabilizar y enfermar a un individuo, pero que se está expandiendo también hacia otras esferas del funcionamiento de la sociedad tiene consecuencias espectaculares: por un lado, a nivel individual, crece la sensación de indefensión, angustia, depresión, intolerancia y aumento de la agresividad y la violencia; mientras que, a nivel social, causa cerramiento de fronteras físicas o comerciales, crecimiento de los movimientos sociopolíticos o económicos de búsqueda de protección, aislamiento (tribalización de la vida social), demanda de liderazgos duros, autoritarismos, cercenamiento de libertades cívicas y las viejas y obsoletas fórmulas económicas de “vivir con lo nuestro”.

La pandemia ha puesto en descubierto que el Covid-19 no discrimina, no al menos en términos de los múltiples criterios que los humanos utilizamos en la búsqueda de identidad y pertenencia. Al mismo tiempo, asistimos al   descubrimiento, casi obligado, de la necesidad de colaboración recíproca, flexibilidad decisional, apertura y casi a reconocer que somos un “gran nosotros” ante un enemigo que es de todos.

Los problemas que enfrenta el mundo hoy son en su mayoría problemas que afectan al conjunto de la humanidad y, por tanto, exigen soluciones que exceden a los Estados-nación.

En este marco y frente a la ola de incertidumbre a la que se enfrenta el futuro de las democracias, en una época plagada de seductores discursos y promesas populistas, y en las que se pone en duda la viabilidad del contrato democrático para resolver problemas como la pobreza extrema pero también la pauperización de los sectores medios, los derechos de género, la participación ciudadana y la transparencia pública, es bueno tener presente el pensamiento del escritor israelí Yuval Harari, en relación con su visión del “día después” de la pandemia: “La humanidad necesita tomar una decisión. ¿Recorreremos el camino de la desunión, o adoptaremos el camino de la solidaridad global? Si elegimos la desunión, esto no solo prolongará la crisis, sino que probablemente dará lugar a catástrofes aún peores en el futuro.  Si elegimos la solidaridad global, será una victoria no solo contra el coronavirus sino contra todas las futuras epidemias y crisis que podrían asaltar a la humanidad en el siglo XXI.”

Las democracias requieren también pensarse a sí mismas. Fortalecer su impronta en la sociedad ya no dependerá solamente de las respuestas que los Estados puedan ofrecer a sus ciudadanos, dependerá de su capacidad para fortalecer la nueva lógica de funcionamiento de la sociedad global y probablemente, del diseño de una nueva institucionalidad.