fbpx

ENTRE EL AGOBIO Y LA ESPERANZA: LA LUZ AL FINAL DEL TUNEL

Entre el agobio y la esperanza, afrontamos en América los estertores de un insepulto siglo XX que no termina de morir, mientras perseguimos las respuestas de lo nuevo, desconocido, porque no termina de nacer, con el deseo de que sea mejor.

Padecemos los graves daños de la enorme concentración del ingreso y su corolario, la desigualdad entre familias y regiones; sufrimos el sesgo electoralista de nuestras democracias que debilita el empoderamiento ciudadano en el control del ejercicio del poder e induce a la baja la atención de sus demandas; sobre todo somos víctimas del ascenso y caída degradante de la simulación del cambio, a cargo del entronizado populismo autoritario. También nos condicionan y rebasan muchos otros factores de los tiempos, como el reacomodo geopolítico mundial o la frágil gobernanza de los bienes globales, en particular respecto de la Pandemia y del cambio climático.

No obstante, en nuestro panorama, comienzan a aparecer incipientes opciones políticas que concitan a ver la luz al final del túnel y a considerar que es posible conformar un nuevo tipo de liderazgo, acorde con el reto de alcanzar un aggiornamento democrático, con libertad, igualdad social y prosperidad compartida.

A diferencia de los liderazgos populistas que con una narrativa de antípodas y división lograron canalizar el enojo del votante para hacerse del poder, comienza a emanar un estilo de liderazgo que se afirma en la reconciliación y llama a edificar un nuevo pacto social que revise el evidente agotamiento de los fundamentos del poder. Un liderazgo comprensivo que propone un nuevo pacto social de poder para abrir paso a una transformación inclusiva, construida con la participación activa de la diversidad, convocada a formar una nueva mayoría capaz de erigir una era.

Una mayoría plenamente democrática porque, de inicio, se asume formada por una multiplicidad de minorías, todas con el derecho a definir el rumbo colectivo, pero obligadas a conciliar sus intereses particulares, en el interés general de la República, resultante del reparto equitativo de las cargas entre quienes las soportan.

Las recientes elecciones de Colombia constituyen una rica muestra de lo anterior, no sólo porque fueron históricas en un país donde por vez primera una expresión política de izquierda logró franquear, por voluntad popular, las puertas de Casa Nariño al derrotar a la derecha, al mismo tiempo que al populismo emboscado y hacerse con la Presidencia de la República.

El conservadurismo en Colombia ha tenido tanta fuerza que, en 200 años de historia, el poder ha sido detentado por 40 familias y los políticos reformistas progresistas que estuvieron cerca de llegar al poder, ambos liberales, fueron asesinados, son los casos de Jorge Eliécer Gaitán, asesinado en campaña el 9 de abril de 1948 y de Luis Carlos Galán, también asesinado en campaña el 18 de agosto de 1989. Crímenes que llevaron a Colombia por la ruta de la violencia perene y dieron lugar a una longeva guerra de guerrillas que dejó más 200 mil muertos, y marcó profundamente a los colombianos, en un país cuyo Estado se declaró laico hasta la Constitución de 1991.

En ese contexto, el candidato triunfante, Gustavo Petro Urrego, al momento que la autoridad electoral le reconoce la mayoría de los votos, estructura su primer discurso con base en cinco puntos: la Paz, fundamento sine qua non de una Colombia renovada; la Igualdad, inclusión y dignidad, factores que abren el espacio para una Colombia omnicomprensiva; el Desarrollo del capitalismo, porque están hartos de obstrucciones y detentes medievales; la Alianza con los Estados Unidos, porque son conscientes de su estatus geopolítico y, desde luego, el llamado a la Reconciliación y a la Unidad de Colombia en un nuevo Pacto Histórico como base de su presente y cimiente de su futuro.

Enhorabuena, el próximo 7 de agosto, Gustavo Petro tomará posesión como Presidente de la República de Colombia y tendrá la posibilidad de convertir esa luz que mostró con su discurso inicial, en un gran faro que ilumine no sólo a Colombia sino a toda la región, en contraste con la oscuridad populista que en su fingimiento como alternativa al neoliberalismo caído, ha secuestrado al cambio y cerrado las posibilidades del aggiornamento democrático, con libertad, igualdad social y prosperidad compartida, al que una inmensa mayoría aspiramos a lograr.