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INTENTONA DE DEBILITAMIENTO DEL SISTEMA INTERAMERICANO ENMARCADO EN LA OEA  

La Cumbre de las Américas es el único ámbito multilateral que reúne a todos los jefes de Estado o de Gobierno de los países del hemisferio y cuenta con la Organización de Estados Americanos (OEA) como su secretaría ejecutiva desde el punto de vista organizativo, así como del seguimiento temático. La Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC), en cambio, engloba a los líderes latinoamericanos y caribeños excluyendo a Estados Unidos y Canadá. Esa cuestión marca una primera diferencia sustantiva entre uno y otro espacio. La defensa de la democracia y los derechos humanos para la Cumbre de las Américas es la condición esencial y equiparable a la cláusula democrática de organismos regionales como el Mercosur (Protocolo de Ushuaia). La Carta Democrática Interamericana se negoció en el marco de la OEA como consecuencia del mandato de la Cumbre de las Américas en Canadá. La defensa de la democracia en la CELAC no tiene el mismo compromiso en virtud de la Cumbre de Caracas que adopta el criterio de la unidad en la diversidad, relativizando los sistemas políticos y apañando a ciertas dictaduras.

Consecuentemente, era natural que a la IX Cumbre en Los Ángeles asistieran los jefes de Estado o de Gobierno de la América democrática que integra la OEA. En ese contexto, solo 3 líderes no fueron invitados por haber atentado contra la democracia y no formar parte de este organismo. El de Cuba por haber dejado de pertenecer desde 1962 y sin que, hasta el momento, haya expresado interés de reincorporarse pese a la resolución 2438 que deja sin efecto las causas de la expulsión. En el caso de Venezuela, desde el 2019 la OEA reconoce al gobierno representado por el líder opositor a Nicolás Maduro, Juan Guaidó. Y Nicaragua expulsó a la oficina de la OEA de Managua y manifestó la voluntad de dejar de pertenecer al organismo regional en abril de este mismo año. Tampoco China y Rusia participaron como observadores.

El mayor desencuentro de la IX Cumbre fue justamente la cuestión de la no presencia de gobiernos autoritarios. Los presidentes de Bolivia y México optaron por no participar y el presidente de Argentina tuvo el desatino diplomático de defender a los gobiernos no democráticos y de señalar que el país anfitrión no debería tener derecho a fijar las condiciones de las invitaciones. Nadie parece haber respaldado esta posición minoritaria. Tampoco el inoportuno pedido argentino de renuncia del Secretario General de la OEA. Este énfasis, suma a la Argentina y a México en una posición preferencial de defensa de los países del ALBA (Alianza Bolivariana) con la intención adicional de debilitar al sistema interamericano enmarcado en la OEA.

Sin embargo, estos exabruptos diplomáticos no afectaron la estrategia diplomática principal de Estados Unidos. El Documento Final de la Cumbre promueve un acuerdo para desincentivar la migración y facilitar la devolución de inmigrantes irregulares. También el Documento de Los Ángeles es el primero en promover el desarrollo económico (casi toda la agenda de la Cumbre abarco esa temática), propiciar una democracia interamericana de calidad, desmantelar las redes de tráfico de personas, además de convocar a la lucha hemisférica contra el cambio climático.

Casi todas las medidas impulsadas por Estados Unidos han apuntado al objetivo que haya menos personas dispuestas a emigrar. El presidente Biden comprometió 314 millones de dólares a la asistencia a refugiados y migrantes vulnerables, incluyendo ayuda a los 6 millones de venezolanos desplazados en 17 países. En ese marco, la IX Cumbre fue exitosa para las pretensiones políticas norteamericanas. También para la defensa de la democracia y los derechos humanos. No obstante, es desilusionante que no haya logrado articular una hoja de ruta en la lucha por los sectores más vulnerables de la sociedad americana. La búsqueda de soluciones hemisféricas para reducir drásticamente los índices de pobreza sigue siendo una lamentable asignatura pendiente.