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LA GUERRA DE UCRANIA, OTRO MONSTRUO LIBERADO

El pasado 24 de febrero, se afirmó el desplome del orden mundial surgido en la post guerra y en particular de los fallidos y erráticos prolegómenos de substitución unipolar que siguieron al fin de la Guerra Fría.  Los errores cometidos en poco más de tres décadas por la potencia hegemónica -los Estados Unidos- en particular en Medio Oriente y en el entorno de la desaparecida Unión Soviética, se encuentran entre los factores que dan lugar al actual declive de la institucionalidad multilateral, incapaz de impedir los horrores de la condenable invasión rusa de Ucrania.

Los gobiernos de la potencia unipolar de entonces distaron mucho de actuar en favor de los bienes globales requeridos, en especial de la paz. Su proceder cortoplacista debilitó su liderazgo mundial y, en esa medida, contribuyó a la confrontación multipolar actual, una de cuyas manifestaciones es la guerra de Ucrania. Se mantuvieron muy atentos a satisfacer las enormes utilidades de la corporación financiera-petrolero-militar norteamericana, pero no así a la creación de los equilibrios necesarios para renovar, fortalecer y dar nueva vigencia a la añeja institucionalidad multilateral, creada para otro momento del mundo.

Mientras gastaban los impuestos de los norteamericanos en guerras impuestas por las corporaciones, China invirtió endógenamente en su desarrollo y se reposicionó en el contexto mundial en transformación. Incluso, en esos excesos presupuestales bélicos, se habrían de incubar los triunfos del populismo interno con Trump -una amenaza latente contra la democracia norteamericana- soportados en importantes sectores de su población olvidados, víctimas de la exclusión social, en rebeldía contra el establishment. Triunfos electorales, no olvidar, apoyados en su momento por Putin, como parte de su estrategia de resurgimiento imperial.

Adicionalmente, la convivencia de las instituciones multilaterales con guerras soportadas en motivos falsos, como Irak, Libia, entre otras, o el no aprobado por el Consejo de Seguridad bombardeo de la OTAN, en plena descomposición yugoeslava, contribuyeron también a deteriorar su eficacia.

En paralelo, las democracias debilitaron su capacidad de inclusión social, concentradas en su faceta electoral, soslayaron renovar el ejercicio democrático social del poder y desencantaron a la gente que se distanció de sus élites y le abrió la puerta al populismo. Una costosa elección, cuya naturaleza disruptiva, que no asume más regla que los dictados tiranos del líder, amplió los grados de incertidumbre del entorno mundial, condicionado por la confrontación entre autoritarismo y democracia.

Son saldos de esa época neoliberal y unipolar cuyos estertores liberan monstruos, que oscurecen el panorama y obligan a interpretar los pocos rayos de claridad que rasgan el opaco horizonte, para iluminar el camino.

Un primer rayo que se abre paso entre las fatigas de la Gran Recesión del 2008, la Pandemia y ahora la Guerra Eslava, anuncia que la globalización, tal y como se conoció a partir de los años 90 del siglo pasado, dejó de existir. Termina la fantasía de un mundo armonizado por la interdependencia económica de ventajas competitivas, bajo una egida unipolar, y aparece una nueva era de confrontación multipolar que lucha por dibujar un nuevo mapamundi.

No obstante, haciendo a un lado los gritos destemplados del chovinismo populista, poco a poco se bosqueja un panorama de Globalización 2.0. Una globalización soportada en la consolidación de bloques económicos, que acortan e interiorizan sus cadenas de valor para alcanzar la mayor autonomía relativa posible, en un enorme e integrado mercado interno, que tampoco renuncia a realizar el intercambio comercial interbloque, pero que prioriza el propio.

Pareciera que el mundo se encamina a construir una suerte de confederaciones de Estados-nación, como base de ese mapamundi en definición, cuya geopolítica pareciera regresar, de manera amplificada, a la propia de principios del siglo XX. Un escenario propenso al conflicto y encerrado en un círculo vicioso, que reclama nuevas reglas multilaterales de gestión, resultantes de equilibrios que aún no terminan de definirse. Buena parte de comenzar a romper ese círculo vicioso dependerá de cómo termine la solución de la paz en Ucrania, que detenga las matanzas y elimine todo asomo de amenaza nuclear.

Un segundo rayo esclarecedor, es la unidad demostrada por las democracias del mundo contra el autoritarismo de Putin que apostó a la desmovilización occidental ante su invasión y logró consolidar un frente sólido en contra. Un frente de consensos antiautoritarios que, por fortuna, alcanzó también a derrotar las aspiraciones de Le Pen en Francia, junto con sus propuestas fracturadoras de Europa, sus alianzas y cercanías financieras con Putin e ideológicas con Aleksandr Duguin y su post imperial propuesta euroasiática.

Desearíamos también poder ver en el horizonte, el despunte de un tercer rayo relativo al combate que vivimos entre autoritarismo y democracia que anuncie la derrota del primero, pero que todavía no se asoma con suficiente claridad. Habrá que seguir trabajando en el fortalecimiento autocrítico de las democracias para verlo, así que por delante aún hay mucho trabajo por hacer.