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LA INEFICACIA DE LA GOBERNANZA GLOBAL: GAZA, EPICENTRO GEOPOLÍTICO MUNDIAL

Desde hace varios años, asistimos a un creciente reacomodo de placas tectónicas en la geopolítica mundial. Los temblores que, con distinta intensidad esos movimientos propician, anuncian caos, al tiempo que cuestionan la eficacia de la arquitectura multilateral que poseemos, cada vez más testimonial. Mejorar su capacidad de gestión, reclama avanzar hacia un nuevo orden planetario, pero esa deseable edificación no se mira cercana.

Se ha vuelto un lugar común decir que la geopolítica de este primer cuarto del siglo XXI se parece mucho a la reinante en los prolegómenos de la primera guerra mundial, con todo y sus disputas por espacios vitales. De igual manera, la resiliencia de las actuales democracias ante los crecientes embates de los autoritarismos populistas, traen a la memoria la heroica lucha de la República de Weimar que, durante 14 años, defendió las virtudes de la democracia social ante el acoso constante de los radicalismos de derecha y de izquierda. Su caída a manos del nazismo se sumó a los factores precursores de la segunda guerra mundial.

Vivimos tiempos alterados por tambores de guerra cuyos ecos resuenan por las cuatro esquinas del planeta, guerras puntuales cierto, pero que ya comienzan a entrelazar intrincados vasos comunicantes entre ellas, animadas por la lucha de situación de la multipolaridad aumentada que observamos. Las grandes potencias y también las medianas se utilizan y retroalimentan mutuamente, y usan también a violentas expresiones fraccionales, en un peligroso juego de agendas de posicionamiento, carente de un marco diplomático eficaz, que cada vez más, tiene como único detente la fuerza militar, un frágil límite ante una posible conflagración generalizada.

El panorama de la paz se vislumbra plagado de obstáculos y retrocesos. La ONU advierte que “(…) los conflictos y la violencia van en aumento, y la mayoría de los conflictos actuales se libran entre agentes no estatales, como milicias políticas, grupos terroristas internacionales y grupos delictivos. Las tensiones regionales sin resolver, el desmoronamiento del Estado de derecho, la ausencia de instituciones estatales o su usurpación, los beneficios económicos ilícitos y la escasez de recursos agravada por el cambio climático se han convertido en importantes causas de conflicto”.

Junto con la guerra eslava, propiciada por la reprochable invasión rusa a Ucrania y las progresivas disputas en el Mar de la China Meridional, entre muchas otras, África reúne la mitad de las guerras del mundo , mientras se recrudecen las guerras del narcotráfico que han convertido a México y varios países de América Latina y el Caribe en un campo santo, sin olvidar la trágicas secuelas de muerte que genera el consumo de drogas como el fentanilo en los EE.UU., o del captagón, la droga del Daesh, que produce Siria, una droga que lastima a Medio Oriente, en medio de los muchos flagelos que alimentan su alta conflictividad. Según la ONU: “La mayoría de los atentados mortales (del terrorismo) tienen lugar en Oriente Medio, África del Norte y África Subsahariana; en particular, Afganistán, Iraq, Nigeria, Somalia y Siria son los países con las cifras más altas”

En este contexto, durante las primeras horas del pasado 7 de octubre surgió un nuevo epicentro del conflicto global, en una condenable acción terrorista bien articulada, Hamas violó la afamada seguridad de Israel para penetrar en su territorio a través de la frontera con Gaza y cometer todo tipo de atrocidades de lesa humanidad.

Asesinatos y secuestros de bebés, niños, ancianos, mujeres y de jóvenes, marcaron la macabra incursión de comandos de élite que, empapados en captagón, bañaron la escena con la sangre de miles de personas inocentes, mientras varios millares de cohetes Qassam y Grad enviados por Teherán, se estrellaban en las ciudades y asentamientos israelíes. La condena mundial a esta violencia sin precedentes ha sido mayoritaria, sólo soslayada por cómplices, por pusilánimes o por extraviados. La respuesta de Israel, aunque tardía en las primeras horas, ha sido articulada y contundente en una declarada guerra contra Hamas, que no contra Palestina, legitimada por su derecho a defenderse.

Quienes militamos en favor de la paz afirmamos que ninguna guerra es solución de nada, porque todo lo agrava, sin embargo, tampoco podemos dejar de reconocer que no es posible lograr la anhelada solución pacífica de las controversias, cuando éstas suceden bajo el dominio de actores extremos, sólo comprometidos con la exterminación de los contrarios. Por un lado, Hamas, desde su credo escrito, declara su misión de exterminar a Israel, por otro lado, Benjamín Netanyahu que está muy lejos de ser un demócrata pacifista, desde su autoritarismo no sólo encabeza el esfuerzo bélico con la intensión de exterminar a Hamas, sino que en la propia guerra identifica su propia tabla de salvación personal a su cuestionado gobierno.

Es claro que Israel necesita dar una firme respuesta a Hamás, que le permita restaurar su capacidad de disuasión, pero debe cuidarse mucho de no incurrir en acciones que atenten contra de la integralidad de millones de palestinos, en una guerra que, como pocas, utiliza las redes sociales como arma de propaganda, como fue el caso del Hospital Bautista Al-Ahli Arabi, que fue destruido por un cohete yihadista que perdió su rumbo, pero que fue adjudicado a Israel, sin mucha reflexión, incluso por medios objetivos e informativamente solventes.

Se trata de caminar dentro de un difícil equilibrio en el marco de un conflicto que, como pocos, tiene la capacidad de conectar y de multiplicar la violencia en el mundo. Sus efectos impactan de Occidente a Oriente y viceversa, haciendo una constante el posible desbordamiento de una guerra que exige la máxima prudencia, sin por ello perder firmeza.

Es claro que Hamas operó bajo la intensión de Irán de evitar los acuerdos entre Arabia Saudita e Israel, las armas norcoreanas encontradas hablan de otra relación contaminante. Para Rusia sus intereses en Siria y una disminución de la presión occidental sobre su guerra con Ucrania, resultan favorables. Europa, ante la guerra, se convierte en un polvorín, en fin, el tema resulta por demás complejo.

Regionalmente eliminar a Hamás parece necesario, pero sólo sería el comienzo del problema, porque luego habría que llenar ese vacío. La alternativa sigue estando en la solución de dos Estados, con la creación de un Estado palestino. En cualquier caso, este desbordable conflicto debe ser visto como una oportunidad para replantear, en el marco multilateral, las pautas de gestión del conflicto y, por tanto, de avanzar hacia una mejor gobernanza de los bienes globales, en esta etapa urgida de lograr nuevos equilibrios.