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NACIONES UNIDAS, ADAPTARSE O MORIR

La tragedia en Ucrania ha expuesto las debilidades diplomáticas del Kremlin y ha cuestionado la vigencia del esquema de equilibrios de poder que surge de la segunda postguerra y que ha caracterizado las inequidades del sistema multilateral actual. El uso del derecho de veto en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas por parte de la Federación de Rusia para no ser condenada respecto a Ucrania es similar al veto ejercido por la Unión Soviética respecto a la invasión a Hungría en 1956 y a Checoslovaquia en 1968. Sin embargo, el ejercicio del poder de veto Moscú ya no parece tener la misma congruencia de 1945. Un primer síntoma del inicio de un proceso de cambio estructural en la geopolítica mundial es que, a diferencia de la Federación Rusa, la URSS nunca fue condenada por la Asamblea General de Naciones Unidas ni suspendida en sus derechos de integrar un órgano del sistema como es el Consejo de Derechos Humanos. Es la primera vez en la historia de las Naciones Unidas que un Miembro Permanente sufre semejante secuencia de derrotas diplomáticas multilaterales.

La Asamblea General de la ONU, que condenó por amplia mayoría la agresión de Rusia contra Ucrania, fue la reacción colectiva contra un Miembro Permanente que viola la Carta de las Naciones Unidas. Aunque la decisión fue solo políticamente vinculante, podría ser asimilada en su impacto diplomático a la aplicación del artículo 41 o a una decisión conforme el capítulo VII de la Carta de la ONU relativa a la acción en caso de amenaza contra la paz, de ruptura de la paz y de acto de agresión. No se había dado nunca una condena similar a un Miembro de Permanente de Naciones Unidas.

Ya son tres los Miembros Permanentes (Francia, Reino Unido y Rusia) que han perdido el prestigio o la situación de poder global que gozaban en 1945 en ocasión de la fundación de las Naciones Unidas. Francia y el Reino Unido fueron aceptados como Miembros Permanentes principalmente por su anacrónica condición de poder colonial. Rusia como sucesora de la Unión Soviética conforme al Protocolo de Alma Ata de 1991. El arsenal que dispone cada uno es lo que hace la diferencia para que sigan gozando del privilegio del veto pese a que la lógica original de pertenecer al Consejo de Seguridad de la ONU no fue el arsenal nuclear sino la condición de vencedores de la Segunda Guerra Mundial.

La ilegalidad de Rusia frente a Ucrania pone en evidencia que, el sistema multilateral que nace en San Francisco en 1945 necesita de reforma. El Consejo de Seguridad es uno de los órganos que requiere atención preferencial por el carácter de membrecía discriminatoria y por el mecanismo anacrónico de toma de decisiones. Desde que el cuestionado veto se estableció y fue utilizado por primera vez en 1946 por la Unión Soviética, ha sido ejercido por Moscú en 143 oportunidades, por Washington en 86, Reino Unido 43, y China y Francia 18 veces cada uno.

Naciones Unidas debe adaptarse con urgencia a las realidades diplomáticas y geopolíticas del siglo XXI e incluso la Carta Constitutiva debería incluir un lenguaje político y jurídico acorde a los tiempos. Resulta inadmisible hoy que la palabra democracia no figue en los propósitos de las Naciones Unidas como una aspiración global. La democratización de las relaciones internacionales debería ser el desafío para construir un mundo de respeto, prospero, estable y en paz.