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ORGANIZACIÓN CIUDADANA: ANTÍDOTO DEL POPULISMO AUTORITARIO

A lo largo de estos comentarios he buscado subrayar que el ascenso del populismo autoritario en muchas de nuestras actuales realidades políticas no surgió como una exógena irrupción monstruosa, en medio de un perfecto día de campo de nuestras democracias, sino que, por el contrario, apareció como un mal incubado desde las propias debilidades de lo que, en general, he calificado como democracias incompletas y que, de no neutralizarse, amenaza con hacer metástasis.

Para encontrar la cura, desde una perspectiva dialéctica, vale la pena problematizar el impacto del populismo autoritario sobre las democracias que lo incubaron, pero primero hay que señalar que las capacidades reproductivas del populismo autoritario son dependientes ad extremis de la suerte de su líder, por tanto, son finitas y en este sentido predecibles. Aun si ante la ausencia del líder, logra desdoblar sus capacidades para mantenerse en el poder, es de recordar que su promesa fundante se basa en ofertar resultados inmediatos, lo cual le implica trabajar más la forma que el fondo.

Por estos motivos, la sustentación de sus políticas y programas tiende a ser bastante frágil, como también lo es aquello que en realidad la gente recibe. De ahí que sus acciones requieran del apoyo demagógico de su narrativa, para ralentizar que sus insuficientes resultados carcoman sus bases de apoyo.  Además, aunque se ajustan a la visión del líder, dan la espalda a las macrotendencias globales que rechazan su disfuncionalidad y condicionan su sobrevivencia.

No obstante, los enormes riesgos del populismo autoritario para las democracias no residen en su eficacia constructiva sino justamente en su potencial destructivo, no sólo de instituciones, sino del tejido social: son el mejor camino al caos, en un laberinto tan profundo y aterrador como su permanencia en el poder.

Por eso es vital acelerar el paso y encontrar el antídoto en su propio veneno:  la polarización propiciada por el populismo. A través de ella busca galvanizar sus bases sociales, sin percibir que genera un efecto similar en sus opositores, de tal suerte que la sociedad tiende a dividirse en dos conjuntos. En algunos casos, el tamaño de cada conjunto mantiene una proporción semejante, en otros el opositor tiende a ampliarse, y en otros más, crecen las bases populistas.

La pregunta es: ¿cuáles factores o variables definen la dinámica de cada conjunto? En el caso del conjunto populista es la eficacia de la acción corporativa de sus gobiernos, destinada a la captura y mantenimiento de sus clientelas; en el caso del conjunto opositor es el nivel de consciencia ciudadana existente en cada sociedad y su grado de madurez para organizar su movilización.

La construcción de ciudadanía es un largo proceso de desarrollo social inherente a la consolidación democrática, esencial para su funcionamiento, que implica haber dotado a la población de la educación y recursos necesarios para participar en la vida civil y pública, pero el empoderamiento ciudadano resulta tanto de la combinación de mecanismos e instituciones que fomenten y faciliten su participación activa, como de circunstancias y coyunturas donde se incremente su percepción de riesgo de perder sus derechos tangibles e intangibles. Este es el punto.

Para el populismo autoritario la construcción de ciudadanía no es más que un conjunto vacío, por lo que pierde de vista que esa negación se convierte en poderoso incentivo para su consolidación y empoderamiento.

Este incentivo depende de qué tan ciudadanizada se encuentre cada sociedad, qué tanto valore la democracia como atributo de su vida cotidiana y, también, del éxito o fracaso de los programas y acciones corporativas populistas.

En los últimos tiempos hemos sido testigos de manifestaciones de madurez ciudadana, como detente contra el autoritarismo populista, que resultan de las embestidas de este último contra derechos civiles y políticos.

Ese fue el caso de los cientos de miles de ciudadanos que tanto el 13 de noviembre de 2022, como el 26 de febrero de 2023, salieron a las calles de la Ciudad de México y de 120 ciudades más del país y del extranjero para defender al Instituto Nacional Electoral.

Una movilización a la que se sumaron los partidos políticos de oposición, pero que fue convocada y organizada por la ciudanía. Esa organización ciudadana es el antídoto al populismo autoritario, pero también es la estamina que permitirá reformar el poder para construir la democracia completa e integral que requieren nuestros países.

Es hora de volver a dejar claro que, sin incurrir en anarquismos civilistas, o se gobierna con la ciudadanía o no se gobierna y ese principio también condiciona la necesaria renovación de los partidos políticos de la democracia.