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SUPERAR EL ESCEPTICISMO DEMOCRÁTICO II

La plataforma para un destino común de la especie humana debería incluir: 1. Cómo desnuclearizar al mundo y terminar de desterrar a la guerra como medio de conquista y/o negociación; 2. Cómo disminuir los factores humanos que atentan contra el medio ambiente; 3. Cómo asegurar la atención mundial equitativa a las pandemias; 4. Cómo tomar todas estas y otras decisiones en esa escala mundial.

La nueva conciencia humana se ha configurado por la amenaza de los monstruos creados por ella misma. La guerra nuclear y el cambio climático, como los más emblemáticos.

Las decisiones al respecto no pueden tomarse de manera aislada por unas u otras naciones; exigen de la responsabilidad por la especie y por el planeta. Esta es quizá la reserva fundamental de la democracia, la conciencia de un destino común basado en las reglas del respeto a la vida humana y al planeta tierra.

El mundo actual se ha conformado por las peores prácticas colonialistas e imperialistas. La división entre bloques económicos y políticos, sumados a los demasiados agravios sufridos por los pueblos y naciones oprimidas, ponen a la plataforma humana de su destino común muy lejos de las preocupaciones inmediatas de las personas. Quizá por ello no podamos impedir a tiempo algunas de las catástrofes ya anunciadas y aprenderemos de nuevo en medio del dolor.

Si la democracia es principalmente un conjunto de reglas procesales que permiten la convivencia civilizada, entonces a la democracia no se le puede pedir nada extra de lo que promete. Lo que sí se puede es comprometer a la democracia con los valores superiores que guíen a la humanidad en su responsabilidad por hacer prevalecer la vida en la tierra, entre otros, la necesidad de avanzar en la construcción de un gobierno mundial.

Ahora bien, la plataforma de un destino común de la especie humana, para su cumplimiento, no puede esperar al supuesto kantiano de que todas las sociedades de las naciones estén organizadas bajo el mismo principio o que pueda accederse de inmediato un gobierno mundial. Los tiempos no son convergentes. Lo que se necesita es que la diversidad humana pueda tomar acuerdos fundamentales.

Ninguna de las civilizaciones o culturas en el mundo actual ha tenido la capacidad de lograr que sus sociedades vivan en condiciones tales que den cumplimiento a la vigencia de los derechos humanos plenos para las personas que las integran y para respetar el medio ambiente con el fin de por lo menos mantenerlo, ya no digamos mejorarlo. De ahí que la democracia exija también de un orden social a la altura de la dignidad de las personas, a su imagen y semejanza, y de nuevas formas y modos de producir que mejoren la sustentabilidad del planeta para la vida.

Efectivamente, el cambio climático, por ejemplo, es la manifestación más clara de un modo de ser de la humanidad que amenaza y puede acabar con el sustento de sí misma. Por ello, al enfrentar el cambio climático, la humanidad debe cambiar para hacer compatible su existencia con la casa que le da sustento.

En tanto se llega a la conformación del gobierno mundial, dos fuerzas pueden movilizarse para ello, la juventud y la mujer. La juventud en tanto que aspira a la vida plena y la mujer en cuanto el amor a la vida misma. La presencia ascendente de la mujer en todos los aspectos de la economía, la sociedad, la política y la cultura, aumentarán también las capacidades civilizatorias para cuidar de la vida.

Así planteadas las cosas, dado el destino común humano, las fuerzas productivas del trabajo, el capital y el conocimiento, se verán orientadas para moldear la construcción de la nueva civilización a la medida del bien vivir de las personas.

La nueva conciencia no se propone el viejo ideal soberbio de la humanización del mundo, sino otro más humilde: la planetarización del ser humano. La democracia será entonces la expresión de la nueva conciencia de la humanidad, ya no sólo como la libertad de los individuos para participar en sociedad, sino también como la responsabilidad de los libres para crear la comunidad capaz de enfrentar, en su diversidad cultural, el destino común de su sobrevivencia.

Para cumplir su papel la democracia tendrá que abandonar su arrogancia de sentirse superior a otras culturas y, por lo menos en su interior, reformarse de manera profunda para establecer, no sólo entre los individuos, sino entre las naciones que la conforman, las condiciones de igualdad y equidad en sus relaciones con el fin de abrir el paso a una cooperación e integración en sus afanes por demostrar que la realización de la plataforma de un destino común del ser humano es factible.

El camino no se presenta nada fácil. La cumbre de las Américas demostró la enorme debilidad programática que hoy caracteriza al horizonte de la democracia y el asedio que sufre por parte de la demagogia y la autocracia. Pero si es capaz de asumir sus responsabilidades globales, la democracia podrá fortalecerse al demostrar que puede acompañar la realización del destino común humano.