En 2026, el conflicto entre Irán, Estados Unidos e Israel ha alcanzado un punto crítico que redefine no solo la seguridad de Medio Oriente, sino también el equilibrio del sistema internacional. Lejos de tratarse de una guerra convencional, este enfrentamiento combina dimensiones híbridas: ataques directos, guerra proxy, operaciones cibernéticas, guerra narrativa y psicológica, así como presión económica. Su evolución responde tanto a tensiones acumuladas durante décadas como a dinámicas recientes que han erosionado los mecanismos de contención.
Uno de los detonantes inmediatos del conflicto fue la intensificación del programa nuclear iraní, acompañada del desarrollo de misiles cada vez más sofisticados y de mayor alcance. Tras años de debilitamiento del marco del Acuerdo Nuclear con Irán (JCPOA), Teherán avanzó significativamente en su capacidad de enriquecimiento de uranio, acercándose al umbral nuclear. Para Israel, esto constituye una amenaza existencial, lo que explica su doctrina de ataques preventivos contra instalaciones estratégicas iraníes.
Asimismo, desde el atentado terrorista perpetrado por Hamás el 7 de octubre de 2023, la red de proxies o aliados iraníes ha experimentado un debilitamiento relativo: Hamás en la Franja de Gaza; milicias proiraníes en Irak; Hezbolá en el sur del Líbano; los hutíes en Yemen; así como cambios políticos en Siria, incluida la salida del expresidente Bashar al Asad. A ello se suma la llamada “guerra de los 12 días” del año previo, librada por los mismos actores, que mermó ciertas capacidades iraníes. En el contexto actual, esta doctrina se ha traducido en operaciones militares más abiertas y sostenidas, en coordinación con Estados Unidos.
Es fundamental entender que cada actor persigue intereses diferenciados y que, al término del conflicto, todos buscarán presentarse como vencedores. Para Irán, la guerra representa la supervivencia del régimen. En este sentido, ha optado por una estrategia asimétrica orientada a elevar los costos del conflicto para sus adversarios. Por ello, ha llevado a cabo ataques sin precedentes contra países árabes vecinos, con el objetivo de presionarlos para que, a su vez, influyan sobre Estados Unidos en favor del fin de la guerra. Entre los blancos se incluyen infraestructuras civiles y energéticas, particularmente instalaciones de petróleo y gas. Asimismo, el cierre del estrecho de Ormuz —por donde transita aproximadamente el 20% del petróleo mundial y una proporción significativa del gas— ha elevado los precios energéticos y aumentado la presión sobre Washington.
Desde la perspectiva de Estados Unidos, el conflicto no se limita a la no proliferación nuclear, sino que también involucra la preservación de su influencia en Medio Oriente y el control de los flujos energéticos. En este contexto, la aprehensión del expresidente venezolano Nicolás Maduro adquiere relevancia estratégica. El eventual control sobre el petróleo de Venezuela e Irán, ambos proveedores clave de China, permitiría a Washington avanzar en una estrategia de aislamiento económico de Beijing.
Lejos de adoptar una postura pasiva, Irán ha respondido mediante una combinación de ataques directos y estrategias indirectas. Su capacidad para cerrar el estrecho de Ormuz le otorga una herramienta de presión geoeconómica de gran alcance. El incremento en los precios del petróleo, gas y diésel responde tanto a esta situación como a los ataques contra refinerías y empresas energéticas en países del Golfo. Sin embargo, en lugar de presionar a Estados Unidos para poner fin al conflicto, estos países han endurecido su postura frente a Irán y han impulsado contratos multimillonarios de adquisición de armamento estadounidense.
Uno de los principales beneficiarios indirectos del conflicto ha sido Rusia, ya que el levantamiento de sanciones le ha permitido incrementar sus exportaciones de petróleo, otorgando un respiro a su economía, debilitada por la guerra en Ucrania.
El conflicto también ha evidenciado la fragilidad de los mecanismos multilaterales. Organismos como Naciones Unidas han mostrado limitaciones para mediar de manera efectiva, debido a la creciente polarización entre las grandes potencias.
En términos económicos, la guerra ha generado una alta volatilidad en los mercados energéticos globales. El aumento en los precios del petróleo y el gas ha tenido efectos inflacionarios a nivel mundial, afectando especialmente a las economías dependientes de importaciones energéticas. Asimismo, las disrupciones en rutas comerciales clave han reconfigurado las cadenas de suministro, acelerando tendencias hacia la regionalización económica.
Desde una perspectiva geopolítica más amplia, el conflicto de 2026 refleja una transición hacia un orden internacional más fragmentado y competitivo. La confrontación entre Irán, Estados Unidos e Israel no constituye un fenómeno aislado, sino que forma parte de una dinámica más amplia de rivalidad entre potencias y erosión del orden internacional. En este contexto, la guerra actúa como catalizador de cambios estructurales, desde la militarización de nuevas tecnologías hasta la redefinición de alianzas estratégicas.
En suma, la guerra entre Irán, Estados Unidos e Israel en 2026 no solo representa un conflicto regional, sino un punto de inflexión en la política internacional contemporánea. Su evolución será determinante no solo para el futuro de Medio Oriente, sino también para la configuración del poder global en las próximas décadas.
Miembro del Consejo Académico de Save Democracy.
Académica, investigadora, escritora y articulista. Actualmente es Coordinadora Académica de la Facultad de Estudios Globales de la Universidad Anáhuac México y entre sus campos de investigación se encuentran: conflicto palestino-israelí; Acuerdos de Abraham; problemática y geopolítica de Medio Oriente; el fenómeno del Estado Islámico.








