En el contexto del agotamiento del consenso de la posguerra y del consecuente colapso de la arquitectura multilateral basada en reglas, asistimos a una redefinición geopolítica planetaria a partir de dos tendencias en juego: por un lado, una propuesta de multipolaridad surgida del rechazo a la hegemonía unipolar de las últimas décadas del siglo pasado. Por otro lado, una incipiente pero decidida reedición de la añeja propuesta de reparto mundial basada en zonas de influencia de las principales potencias, que hacen recordar aquel arreglo que hace 100 años derivó en las dos guerras mundiales del siglo XX.
Si bien hasta ahora, ninguna de las dos propuestas se perfila como definitiva, ni tampoco se elimina cualquier posibilidad de convergencia, es evidente que en tiempos recientes la segunda se ha venido expresando con mayor proactividad y contundencia. Ha procedido a abrir frentes tanto económicos (arancelarios, tecnológicos, energéticos, mineros), como militares (Ucrania, Venezuela e Irán en guerra abierta), provocando fuerte incertidumbre en un tejido internacional cada vez más confuso, sin demostrar hasta ahora poder garantizar la gobernabilidad global.
En este marco se observan dos tendencias adicionales, una el grave debilitamiento de los Estados nación, particularmente en aquellos países que han sufrido retrocesos democráticos, con especial referencia a América Latina y el Caribe, y otra, concomitante con la primera, el fortalecimiento de las denominadas amenazas híbridas, todo un reto para la seguridad global. Su existencia y profundización erosionan la clásica definición weberiana del Estado clásico como monopolio de la violencia, al estimular el surgimiento de actores no estatales con poder equivalente o superior al del Estado, mismos que le disputan seriamente el control del territorio, componente central de la soberanía ahora en disputa.
Esta circunstancia tiene impactos negativos directos sobre la gobernabilidad global, derivados tanto de las debilidades manifiestas que presentan los Estados nación a quienes el propio proceso de globalización horadó, como de la creciente irrelevancia de la organización multilateral y de la insuficiente evolución de un modelo de bloques de Estados nación articulados a plenitud que soporte y dé viabilidad a un nuevo orden mundial. Estas cuestiones conforman un teatro altamente vulnerable y permisivo en favor del robustecimiento de las llamadas amenazas híbridas que potencian la conflictividad global.[1]
El creciente arribo y maduración de ese conjunto de retos denominado amenazas híbridas, modifica la idea de conflicto que enfrentan los Estados, ya no es sólo una relación entre guerra viceversa paz, porque ahora existe una zona gris permanente y global que rodea, conecta y condiciona las relaciones internacionales. Un complejo escenario, difícil de procesar para una gran mayoría de Estados nación, que carecen de las capacidades necesaria para gestionarlo y neutralizar sus retos, mientras otros Estados se dedican a activarlos. Esa zona gris, constituye una suerte de sustrato de violencia latente que potencia contaminaciones y amplifica conflictos en una guerra híbrida, donde el lindero crimen y política tiende a borrase:
- Violencia armada (grupos irregulares)
- Crimen organizado
- Guerra informativa (propaganda, desinformación)
- Ciberataques
- Presión económica o política
Un ejemplo típico es un grupo criminal del narcotráfico que, al financiar campañas políticas, controlar territorios y usar redes sociales para influir en la población, transforma su estatus delincuencial hasta convertirse en un actor de poder con potencial para rebasar fronteras y constituirse en un actor geopolítico regional o global que detenta una soberanía de facto, maneja economías paralelas, penetra instituciones, y opera redes transnacionales, mediante organizaciones cartelizadas que funcionan casi como proto-estados, con capacidad militar, financiera y social:
- Financiamiento ilícito (drogas, tráfico de personas)
- Redes globales descentralizadas
- Uso de tecnología y propaganda digital
Este fenómeno que provoca convergencias no necesariamente ideológicas, generalmente logísticas y económicas, entre actores del terrorismo político con el crimen organizado, alimenta el vocablo narcoterrorismo y obliga a la Seguridad global a considerar a las amenazas híbridas o difusas como un nuevo campo de batalla:
- Crimen transnacional
- Terrorismo
- Ciberseguridad
- Migración forzada
- Disrupciones económicas
En síntesis, las amenazas híbridas globalizadas son redes que conforman ecosistemas híbridos de poder ilegal militar, político, económico, tecnológico y social, donde el narcotráfico y el terrorismo ya no son amenazas separadas porque son estructuras globales que disputan el control del territorio, de la economía y de la conciencia social.
En los conflictos militares actuales, si bien la relación entre estos fenómenos no es lineal, es posible hablar de una relación estructural, resultante de un mismo ecosistema compartidos de redes híbridas trasnacionales. Redes donde operan el narcotráfico, el lavado de dinero y el tráfico de armas a escala global y distintos actores -estatales y no estatales- (cárteles latinoamericanos, redes terroristas, proxies de Estados) comparten infraestructuras clandestinas:
- Rutas logísticas (marítimas, terrestres, aéreas)
- Sistemas de financiamiento ilícito
- Redes de intermediarios (empresas fachada, brokers)
- Tecnologías (criptomonedas, mensajería cifrada)
En el caso de Irán, cuyo modelo de guerra incorpora proxis de combate, como Hezbollah o Hamas, es claro que estos grupos no dependen sólo del financiamiento estatal, sino que desarrollan fuentes autónomas de ingreso vinculadas al contrabando, lavado de dinero, comercio ilícito, así como conexiones con redes de narcotráfico en América Latina.
Evidentemente eso no significa que Irán controle el narco, sino que existen zonas de intersección funcional entre redes criminales y redes asociadas a actores geopolíticos que operan dentro de los mismos circuitos globales ilícitos.
A través de modelos de control territorial, similares a los cárteles, se amplifican los puntos de contacto entre narcotráfico y terrorismo que les permiten cobrar “impuestos” a rutas de droga, participar indirectamente en su tráfico, y lavar dinero mediante empresas fachada, comercio internacional manipulado y/o sistemas financieros informales, como por ejemplo el sistema tipo hawala en Medio Oriente (red informal de transferencia). Las rutas ilícitas sirven también para mover armas, drogas, dinero, en un mismo ecosistema logístico también proclive a la convergencia tecnológica en materia de criptomonedas, redes cifradas, drones, herramientas útiles compartidas por cárteles, milicias y grupos terroristas.
América Latina y el Caribe presenta regiones vulnerables, propicias a conformarse como nodo de un sistema donde pueden darse la convergencia de redes criminales, la operación de intermediarios financieros que facilitan operaciones de lavado y la coincidencia de actores criminales locales con redes vinculadas indirectamente a grupos como Hezbollah:
- Región Andina
- Triple Frontera (Argentina–Brasil–Paraguay)
- México
- Centroamérica
- Caribe
Para efectos de la seguridad global, lo importante es atender a que estas redes permiten a los grupos en conflicto financiarse, evadir sanciones y operar globalmente con un amplio grado de impunidad, lo cual puede conducir al crimen organizado a convertirse en infraestructura de guerra indirecta con graves implicaciones para los Estados nación.
Los Estados nación están obligados a auto-concebirse como parte del sistema de seguridad global, y no limitarse a pensarse en términos de problemas internos, incorporando a sus sistemas de inteligencia la elaboración y el seguimiento de mapas de riesgos híbridos globales.
En ese marco, conflictos como en actual entre Irán, Israel y los Estados Unidos, no se limita a Medio Oriente. Se extiende a través de redes globales donde el narcotráfico, el lavado de dinero y el tráfico de armas funcionan como infraestructura compartida por actores criminales y geopolíticos, asumiendo que el verdadero campo de batalla ya no es solo territorial, porque es una red global donde el dinero ilícito financia poder, las rutas criminales sostienen conflictos, y los actores híbridos conectan crimen y geopolítica.
[1] A lo largo de la denominada quinta globalización, fue frecuente encontrar análisis que prospectaban una mayor y más activa consolidación de bloques de naciones agrupados según esas tendencias. Sin embargo, aunque esa perspectiva está presente y se visualizan bloques de naciones en proceso, unos no logran todavía consolidar su peso global (BRICS), (ASEAN) y otros parecieran comenzar a relajar su unidad (Unión Europea), (MercoSur), (T-MEC, USMCA).
Miembro Fundador y Director Adjunto de Save Democracy. Vicepresidente de la Conferencia Permanente de Partidos Políticos de América latina y el Caribe (COPPPAL) y secretario ejecutivo de la Fundación Gustavo Carvajal Moreno, Mensajero de la Paz. Político y escritor mexicano ocupado en los temas de gobernabilidad de la democracia. Ha sido académico, legislador y funcionario público. Desde hace casi 20 años milita activamente en favor de hacer avanzar la reforma del Estado en México, en particular de su régimen de gobierno, tarea en la que además de publicar múltiples artículos y libros en la materia.








