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SUPERAR EL ESCEPTICISMO DEMOCRÁTICO I

Hasta hace poco pensábamos que la guerra generalizada y/o nuclear se encontraba ya bastante lejos de las probabilidades de producirse; pero la invasión cruenta y despiadada de Rusia a Ucrania nos volvió a hacer sentir en concreto la angustia de vivir en un planeta sembrado de las armas nucleares capaces de desaparecer la civilización humana.

Esperemos que los esfuerzos para lograr una salida negociada del conflicto se impongan a su prolongación indefinida. De cualquier manera, con la reedición de la probabilidad de la guerra nuclear, inmediatamente después de los peores momentos de una pandemia que ha cobrado millones de vidas por todas partes, y de los últimos cálculos sobre las responsabilidades humanas en el cambio climático, la conciencia del ser del hombre acerca de su vida en la tierra apunta ya hacia un trastocamiento radical.

Ninguno de estos acontecimientos es nuevo. Las pandemias tienen una larga historia; la amenaza nuclear ha estado presente desde 1945 y el cambio climático apenas se empezó a medir hacia el último cuarto del siglo pasado. Ahora, sin embargo, se han manifestado con gran fuerza. La densidad del tiempo de los fenómenos globales que amenazan la vida en la tierra se ha vuelto sumamente espesa. Y con el correr de los próximos años lo será aún más.

Por supuesto que todo esto produce un enorme estrés. Pero ¿qué es todo esto sino la nueva complejidad que, llevada a la conciencia, puede producir un cambio radical de la vida en el planeta y que, aunque tenga un viejo nombre, podamos ver ahora con mayor claridad para apuntar hacia un renacimiento del ideal y de la esperanza? Me refiero a la revelación cada más más concreta e intensa del destino común de la humanidad en el planeta tierra.

No pienso en el viejo ideal de la fraternidad, sino en la nueva conciencia del ser humano de que es hijo de la tierra y que su deber primordial es cuidarla. Nueva conciencia surgida del fin del colonialismo, de la amenaza nuclear, de la catástrofe ecológica y ahora del azote de nuevas enfermedades en buena medida productos del modo de ser de la civilización. Fraternidad sí, entre los seres humanos y con el planeta, que es su casa. Destino común que exige del planteamiento de los problemas de la especie, de la sobrevivencia de la diversidad humana y del mejoramiento de la vida, y no sólo de su sustentabilidad. Destino que, para ser tal, cuestiona el conjunto de las condiciones de existencia del ser humano, más allá de las ideologías y de las formas de producción que le han permitido llegar hasta el abismo de su autodestrucción o al principio de un renacimiento.

En el transcurso del surgimiento de la nueva conciencia, frente a la incertidumbre de la complejidad, el miedo a lo desconocido y la angustia ante las amenazas terribles, han resurgido los nacionalismos, los populismos, los particularismos religiosos y otras ansias de identidad que buscan respuestas inmediatas en lo viejo ya conocido, pero que dan la espalda a las responsabilidades globales y parecen conducirnos a etapas que creíamos superadas en la historia de la barbarie. La democracia, el terreno que ha permitido el triunfo o el avance de dichas tendencias, ahora se ha visto reducida, pervertida o de plano eliminada.

Se dice que la democracia ha decepcionado a muchos porque no ha cumplido lo que de ella se esperaba. Pero recordemos que la democracia no es una oferta de futuro ni resuelve ningún problema sustantivo. Es sólo un conjunto de reglas procesales y un método de convivencia civilizada. Decía Octavio Paz que el sistema democrático “no contesta a las preguntas fundamentales que se han hecho los hombres desde que aparecieron en la tierra. Todas ellas se cifran en la siguiente: ¿cuál es el sentido de mi vida y a dónde voy? En suma, el relativismo es el eje de la sociedad democrática: asegura la convivencia civilizada de las personas, las ideas y las creencias; al mismo tiempo, en el centro de la sociedad relativista hay un hueco, un vacío que sin cesar se ensancha y que deshabita las almas.” (Itinerario)

Frente al abismo al que hemos llegado, la nueva conciencia debe convertir el miedo en desafío. Que la invasión rusa a Ucrania no sea el inicio de la Tercera Guerra Mundial sino un paso fundamental hacia el desprestigio definitivo de la guerra como medio de solución de los conflictos humanos.

Lo deseable sería impulsar un amplio movimiento capaz de llevar a cabo una gran movilización en torno a la plataforma del destino común, más allá de todas las fronteras políticas, religiosas, étnicas o culturales. La diversidad humana, con todas sus culturas y religiones, en estrecha alianza con los valores de la democracia, estará en condiciones para darle un nuevo horizonte de largo aliento a ese, su destino común.