¿América para los EEUU? No: ¡América para el mundo! (1era entrega)

A mediados del 2026 se publicó el Informe de las Naciones Unidas sobre Democracia y Desarrollo en América Latina y el Caribe (ALC). En términos sucintos plantea que la democracia se consolidó como sistema político en la mayoría de los países como producto de la transición, pero hoy se encuentra bajo presión y la ciudadanía se desencanta gradual, pero crecientemente. A ello han contribuido los procesos de alta polarización, las transformaciones tecnológicas, la expansión de las economías ilícitas, la migración, el impacto de las crisis climáticas y la incertidumbre económica, entre otros.

Por su parte, La Conferencia Permanente de Partidos Políticos de ALC realizada también en el mes de junio, reconocía el indicador: más del 50% de la población manifiesta su insatisfacción con la democracia y cerca del 50% rechaza a las organizaciones políticas. Los partidos –agregaba–se han convertido en simples maquinarias electorales. Al perder legitimidad, el espacio es llenado por el personalismo, el populismo extremo y/o los intereses criminales.

La Conferencia concluye que nuestras democracias han sido sumamente vulnerables a la corrupción sistemática que erosiona la legitimidad de los partidos y facilita la captura del Estado por intereses particulares, el financiamiento ilícito, la violenta infiltración del crimen organizado en el Estado, la caída de las identidades ideológicas y la conversión de la política en espectáculo dominado por las redes sociales y la manipulación digital.

Así, vulnerables y bajo presión, nuestras democracias pronto involucionaron al populismo, primero a la izquierda y ahora, muy rápidamente, a la derecha, como quedó constatado en septiembre, cuando en el marco de la Asamblea de la ONU, Donald Trump citó a una reunión a los presidentes miembros o afines al Escudo de las Américas que se había formado apenas en marzo. En ese mes fueron 12 países. Ahora ya fueron 18.

En unos cuantos meses la región de ALC mostró ser muy dúctil a los martillazos norteamericanos. Aunque no todos los países se han integrado formalmente al Escudo, Venezuela fue considerado como un “botín” por Trump. Cuba se encuentra aislada, asediada y amenazada; México acorralado y Brasil, sumamente polarizado.

El Escudo de las Américas, fue creado por Trump bajo la llamada, por él mismo, “Doctrina Donroe”, inmediatamente después de la extracción de Maduro de su recámara, por un comando norteamericano. Sin disfraz alguno, dijo que la única razón para el secuestro, más allá de las imputadas por narcotráfico, fue apoderarse del petróleo venezolano. Ya no mencionó la defensa de la democracia, de las libertades o de los derechos humanos. No podía hacerlo, cuando la acción fue una flagrante violación al derecho internacional.

Soberbio en su poderío militar y tecnológico, los Estados Unidos pretenden ponerse al mando de la remodelación del mundo en su conjunto. La junta a la que convocó para la paz en Medio Oriente, así como el Escudo de las Américas, intentan sustituir a los organismos multilaterales que representan el esfuerzo humano por construir una gobernanza mundial con procedimientos democráticos y de respeto mutuo. Las pretensiones imperiales se vuelven cínicas: sobre Groenlandia, Venezuela, Cuba, Panamá, México.

En la reunión del Escudo paralela a la Asamblea de la ONU machacó: “Nuestras acciones en Venezuela son prueba de que EEUU ya no permitirá que las amenazas contra América se afiancen en ningún lugar del hemisferio occidental. Y si es necesario usaremos nuestro poderío militar sin igual para salvaguardar los intereses nacionales vitales de EEUU”.

El Escudo está tomado la forma de una coalición subordinada y funcional a la estrategia de seguridad nacional de los Estados Unidos que, con esa mampara, abarcará todo lo demás: migración, transferencia de armas, acceso a los recursos naturales necesarios para sus cadenas de valor, la transición energética y la expansión de los negocios alrededor de la Inteligencia Artificial.

Trump mencionó la riqueza natural enorme de ALC. Hay que evitar que potencias hostiles se apoderen de ellas. “Los recursos de las Américas deben pertenecer siempre a los pueblos de las Américas. EEUU está dispuesto a colaborar con ustedes para eso”.

Se avanzó un paso más en la consolidación del giro político hacia la derecha que ha logrado que varios dirigentes alcancen el poder político de sus países por la vía electoral para articularlo con los intereses estratégicos de los EEUU. Los nuevos dirigentes han asumido como propio, con algunos matices, el estilo, la retórica y la agenda de Trump: autoritarismo, racismo, sexismo, homofobia, antiecologismo, etcétera.

Las nuevas derechas son más radicales en los cambios que prometen y más agresivas en la destrucción de los consensos democráticos alcanzados en el periodo anterior. Se mantendrán las elecciones bajo la enorme capacidad de su manipulación (hasta Delcy Rodríguez lo asumió) y se promoverá la más amplia desregulación del movimiento de capital, la expansión de las empresas asociadas a la disrupción tecnológica y se eliminarán muchos de los derechos sociales y políticos alcanzados (Argentina).

Se trata de abrirle el paso a lo que Trump representa: el triunfo de la oligarquía estadounidense y sus propuestas de nueva gobernanza, en los órdenes nacional y mundial, basada en su poderío militar, económico, financiero, y en la eficacia tecnológica de las corporaciones. Mucho más radical que el neoliberalismo, se propone barrer con lo que queda de los Estados burocráticos y las Naciones Unidas para, en su lugar, instaurar la gestión directa de la tecnología y de un poder concentrado sin contrapesos, capaz de hacerse cargo de remodelar un nuevo mundo, compitiendo y negociando con las otras esferas de influencia, o manteniendo las guerras en su expresión local.

Nos encontramos ya en una espiral de fuerza y violencia que se ha venido escalando en la resolución de los conflictos en el mundo. Desde 2018, con la declaración de la guerra comercial a China hecha por Trump, a través del aumento desproporcionado de aranceles, la invasión de Rusia a Ucrania, la declaración de guerra de Netanyahu como respuesta al ataque terrorista de Hamás y la guerra contra Irán, entre otros acontecimientos de esa espiral, ha venido creciendo también un nuevo culto al poder y a la guerra. Las grandes potencias, encabezadas por los gobiernos autócratas de Rusia, China y los EEUU, han dictado ya su agenda para los próximos años: un nuevo reparto geopolítico del mundo en zonas de influencia.

Pero especialmente Donald Trump ha planteado ese reparto a partir de la capacidad económica, política y militar de los EEUU, dando la espalda al destino común de la humanidad, al multilateralismo, al derecho internacional, y reduciendo el drama de los pueblos a un daño colateral o a una variable secundaria respecto de los intereses estratégicos que lo animan.

Los consensos se han hecho pedazos en la comunidad de las naciones. Ya no hay un terreno propicio a la construcción de enfoques comunes, ni siquiera sobre los temas de la sobrevivencia humana o de la gobernanza mundial.

Las sociedades asistimos al nuevo reparto del mundo entre los grandes colosos quienes se tratan entre sí con todas las deferencias propias de los autócratas, como el financiamiento de la boda del hijo de Trump por Kremlev, amigo de Putin, o en el trato dado a Xi Jinping con todos los honores en Washington.

A la democracia en ALC y en el mundo le esperan tiempos aciagos. ¿Qué hacer?